
La OMS puntualiza distintos aspectos que se englobarían en la sexualidad: el sexo, las identidades de género, el erotismo, la intimidad, la reproducción, la orientación sexual… Incluye por tanto todas estas dimensiones, y será la persona quién decidirá cómo enfocarlas en su día a día y en su proyecto de vida.
Qué duda cabe que, al ser un constructo sociocultural, influyen en ella y en cómo la gestionamos factores que no son meramente biológicos. Serán entre otros, el lugar donde hemos nacido y cómo hayamos sido educadxs, dos grandes condicionantes que irán dibujando nuestros deseos e instintos más innatos.
La sexualidad se vivencia y se expresa a través de nuestros pensamientos, a través de nuestros actos y evidentemente está cargada de sentimientos y emociones, que a veces son muy placenteros y otras no lo son tanto.
Si echo la vista dos o tres décadas atrás, como adolescente recuerdo que desde la familia la sexualidad era algo tabú, desde la televisión eran las imágenes de chicas semidesnudas las que alimentaban el deseo heterosexual masculino y nos alertaban sobre contenido inapropiado para menores con los “dos rombos” en la parte superior derecha de la tele; desde la escuela o se censuraba directamente, o se ceñía su abordaje a la genitalidad del hombre y de la mujer, y era el grupo de amigxs quien te adentraba en el mundo de las relaciones sexuales, con información sesgada y cargada de mitos, y con la masturbación como tema estrella del descubrir sexual, que quedaba acotado como terreno en exclusividad para los chicos cis heteros. A las chicas directamente se les anulaba cualquier tipo de deseo y acto sexual: “De eso no se habla, eso no se mira y eso no se toca”.
Recuerdo algunas ideas que a muchxs de nosotrxs nos han estado persiguiendo aún con el paso de los años y que vistas ahora no pueden ser más ridículas, pero que tuvieron en su momento un alto poder culpatorio: “Si te masturbas te puedes quedar ciego y te saldrán granos; te quedarás embarazada si un chico te da un beso; los chicos con los chicos y las chicas con las chicas (nada de jugar de forma mixta y ser amigos/as porque serás señaladx); el sexo es pecado e irás al infierno”… Eran ejemplos de las lindeces que nos metían en la cabeza y que acababan enroscándose en la mentira, en la ocultación, el miedo y en la culpa.
El panorama, como podéis imaginaros, ya se vislumbraba bastante castrador para lxs adolescentes heterosexuales, así que adentrarte en la sexualidad desde cualquier otra opción que no fuera normativa, suponía un doble salto mortal que no todo el mundo estaba dispuesto a dar porque ya te advertía la sociedad que ibas a pagar un alto precio: burlas, discriminación e incluso cárcel, claro. No está mal recordar que la Ley de vagos y maleantes, con algunas reformas, no eliminó como delito la homosexualidad hasta 1978 y quedó derogada totalmente en 1995. No hace tanto de aquello.
Escuchaba a Marina Marroquí (@marinamarroqui) hablando sobre cómo afrontan lxs adolescentes la sexualidad, y me parece que hay un abismo entre la educación pre y post años 2000.
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Continuaré hablando de la situación actual y de cómo la educación ha de ponerse las pilas y trascender los talleres de uso del preservativo y prácticas de riesgo, para trabajar otros aspectos de la sexualidad que están en la base de las conductas actuales: el vacío, las conductas compulsivas, la inmadurez y el narcisismo imperante, entre otros.


