
Anoche, Amaia llenó el Cartuja Center de Sevilla mucho antes de salir al escenario. El concierto llevaba meses con el cartel de sold out —desde octubre—, pero lo que se vivió anoche fue algo más que una sala completa: fue un público entregado, expectante y profundamente conectado con una artista que no deja de crecer sin perder ni un gramo de verdad.
Desde mi butaca —y desde la emoción— era imposible no fijarse en el ambiente: gente de todas las edades, sí, pero sobre todo muchísimo público joven que conocía cada letra, cada pausa y cada cambio de ritmo. Coreaban, escuchaban en silencio cuando tocaba y celebraban cada gesto como si fuese propio. Esa conexión no se improvisa: se construye canción a canción.
El concierto fue, como ya había ocurrido en otras fechas de la gira, un organismo vivo. Aunque el setlist se mantuvo prácticamente completo, cada acto fue diferente, con transiciones y matices propios, dejando claro que Amaia no repite conciertos: los habita. Temas como Visión, Tocotó, Magia en Benidorm, La vida imposible, Nanai o Me pongo colorada se fueron encadenando con naturalidad, sin artificios, permitiendo que cada canción respirase.
Uno de los momentos más celebrados llegó con la versión de “Sevilla”, que despertó una emoción especial en el público. Amaia explicó que la interpretaba porque la tenía en un disco de su tía Mar Carmen, y el teatro respondió con una ovación cálida, de esas que no se piden. Poco después, el público le devolvió el cariño cantándole el Himno de Andalucía, un gesto que ella agradeció con una sonrisa sincera, confesando que le gustan mucho los himnos y lo que representan.
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Sobre el escenario, Amaia volvió a demostrar que es música en estado puro. Piano, arpa, batería, guitarra… cambiaba de instrumento con la misma naturalidad con la que cambia de emoción. El piano fue, una vez más, uno de los grandes protagonistas de la noche: delicado, preciso y profundamente expresivo. En esos momentos, el Cartuja Center quedó en silencio absoluto antes de romper en aplausos y gritos espontáneos de “¡Reina!” y “¡Perfecta!”.
Especialmente significativa fue La canción que no quiero cantarte, donde sin discursos ni proclamas dejó claro quién es: una artista con las ideas claras, empoderada, formada y auténtica, que no necesita explicarse más allá de su música. Hubo también espacio para mirar atrás, recuperar composiciones de sus inicios y regalar instantes mágicos como el Zorongo gitano, interpretado a piano y voz tras su paso por Sevilla. Un momento de esos que se quedan suspendidos en el tiempo.

La escenografía fue sencilla y elegante, perfectamente pensada para este tipo de espectáculo: luces medidas, estructura limpia y todo el foco puesto en ella. Estuvo acompañada por una banda impecable, con coro y arreglos sinfónicos que elevaron cada tema, apoyados por una acústica excelente que hizo justicia a cada detalle.
Amaia se mostró agradecida durante todo el concierto, cercana, espontánea, con esas ocurrencias que ya son parte de su sello y que recuerdan que, pese a los años de escenario, sigue siendo exactamente quien parece. Esperamos haberle regalado una semana de buen rollo, y que el recuerdo haya quedado grabado en vuestra mente.
A juzgar por las sonrisas, los aplausos largos y la emoción compartida, ese recuerdo no solo quedó grabado: Sevilla lo guardará durante mucho más tiempo. Y anoche, quienes estuvimos allí, sabemos que fuimos parte de algo especial.


