
Un dato alarmante que arroja el tercer Barómetro de Opinión de la Infancia y Adolescencia publicado por Unicef a inicios de 2023 es que el porcentaje de adolescentes preocupados por las desigualdades, el machismo y la violencia de género ha caído un 14% desde 2019. Desgraciadamente es algo que he podido corroborar en mi experiencia docente y de lo que solemos hablar últimamente lxs que nos dedicamos a la labor educativa.
La semana pasada comenzó un taller en mi instituto para sensibilizar y promover el pensamiento crítico y el cambio de actitudes sobre la desigualdad de género. La formadora responsable de impartir el taller me destacó algunos aspectos que le llamaron la atención del alumnado de 2º y 3º de ESO (con edades comprendidas entre los 13 y 15 años) y que coindicen con los datos arrojados por Unicef:
- Ideas machistas, homófobas y xenófobas que han resurgido en un alto número del alumnado.
- Poca flexibilidad cognitiva: esas ideas son muy rígidas y las consideran verdades absolutas.
- Confusión de términos y alta desinformación: cuando se habla por ejemplo de identidad de género, suelen vincularlo con la orientación sexual.
- Y escasa motivación para reflexionar y contemplar diferentes alternativas alejadas de las suyas.
Y es que estamos en la cultura de lo rápido, del consumir por consumir, del engullir sin apenas digerir y del disfrutar de la experiencia, pero desinflarnos y aburrirnos al instante. Porque disfrutar para gran parte de lxs adolescentes consiste en evadirse de pensar, no parar y seguir, huir del sentir, y desconectar, para negar una realidad trepidante que les desborda y que prefieren vivir de puntillas.
Según la OMS, 3 de cada 10 adolescentes de entre 15 y 18 años padece depresión, y lxs que pertenecen al colectivo LGTB+ se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad que el resto.
En concreto, el sufrimiento que viven les lleva a presentar diferentes trastornos psicológicos como la depresión, la ansiedad, ideas suicidas y trastornos de la alimentación.
Supongo que estamos de acuerdo en que la sociedad española actual es mucho más abierta a la diversidad, más sensible a la violencia y es más protectora ante las discriminaciones. Un claro ejemplo de ello es la recién aprobada Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTB+. Pero sin obviar este importante hecho que marca un hito en nuestro país, es obvio que existe a la vez un caldo de cultivo muy dañino y tóxico, que va ganando terreno, y que sigue complicando muy mucho el día a día de lxs adolescentes y lxs no tan adolescentes.
La cotidianidad de un chico o una chica LGTB+ no se aleja demasiado de lo que podía vivirse en los años 90 o en el 2000.
Siguen recibiendo insultos por parte de sus compañerxs por su expresión de género, siguen escuchando de forma despreciativa palabras como gay y lesbiana dirigidas a su persona antes incluso de que ellas mismas sepan de su orientación sexual, siguen preferiendo ir por el camino más largo de vuelta a casa para no encontrarse a la salida con miradas, amenazas y otras agresiones por parte de lxs abusonxs de turno, siguen haciendo cosas en contra de su voluntad por sentirse menos diferentes y para intentar encajar con el resto, siguen queriendo pasar desapercibidxs para no ser el blanco de peleas y acoso escolar…en definitiva, siguen sufriendo por no poder ser ellxs mismxs de verdad. Y si lo hacen, saben que tiene un alto coste que no todxs pueden manejar.
Por eso nuestra respuesta siempre es la misma: DENÚNCIALO.
Actualmente es raro que un centro educativo público se mire para otro lado o no active un protocolo de acoso escolar si la situación lo requiere. No podemos ni debemos normalizar que a unx alumnx le digan ‘maricón’ y no ocurra nada.
El profesorado está muy sensibilizado y estas agresiones suelen ser reprendidas y sancionadas. Y, además, los proyectos educativos suelen incluir planes de igualdad y ofrecen al alumnado talleres, cursos y charlas relacionadas con la diversidad de género y sexual. Pero es cierto que hay muchos casos que se nos escapan, sobre todo los que se enmarcan en el terreno de lo privado que acaba siendo impúdicamente público, pero no suele llegar al profesorado, y me refiero a las redes sociales.
El ciberbulling LGTBIfóbico está haciendo que el acoso traspase las fronteras del centro educativo, y en cualquier momento del día, de la noche o del fin de semana lleguen al móvil insultos y amenazas que minan la autoestima de estxs jóvenxs.
Lxs expertxs atisban diferentes estrategias para parar esta ola de agresiones, y una de ellas se basa en fomentar la sororidad entre el grupo de iguales, la empatía y la creación de redes de mediadorxs que ofrezcan apoyo a las víctimas…y en ello estamos, aunque la tarea no nos la ponen nada fácil. Sobre todo, cuando los valores que empiezan a cobrar protagonismo se asientan en un cada vez más marcado egocentrismo y en una fría desconexión moral que justifica la violencia. No dejo de acordarme de la canción de Golpes Bajos.


