
Envidia porque en España cuesta mucho ver algo así. Tal vez nuestras divas patrias no se han visto en semejante tesitura, pero da igual. Son muchas las ocasiones en las que podrían haber demostrado su apego a la causa LGTB+ mas allá de subirse al escenario del orgullo de Sevilla, Madrid o Torremolinos.
Podrían haberlo hecho cuando mataron a Samuel en La Coruña, o cuando le pegaron una paliza a Divino en Madrid, o en tantas y tantas situaciones en las que nuestros derechos (y nuestras vidas) se han visto amenazadas.
Pero no. Es muy fácil y muy rentable utilizar el título de “DIVA GAY”, algunas de hecho se han apropiado del mismo sin ningún rubor, pero no todo vale. En el 2024 ser una diva gay va más allá de sacar un hit con autotune, de poner de moda unos pasos de baile o de subirse a unas plataformas. Hay que exigirles un mínimo de coherencia.
Que saquen la cara por las trans en El Hormiguero cuando Pablo Motos se burla de ellas, que se enfrenten a lxs políticxs que votan contra nosotrxs aunque eso signifique perder un par de bolos (triste pero cierto) y que demuestren, en definitiva, que su compromiso es REAL.
Personas como yo, mitómanas por naturaleza, nos hemos alejado de voces y rostros como el de Marta Sánchez, una cantante que forraba las paredes de nuestros refugios adolescentes porque pensábamos que cerraría filas junto a nosotros frente a lxs bullies que nos acosaban.
Pero el tiempo nos ha demostrado que no podemos contar con ella cuando la hemos visto reírse del lenguaje inclusivo o confundir feminidad con feminismo, ¡qué valor! Y Miss Sánchez es solo un ejemplo, pero hay más.
Por supuesto que casi todas ellas claman consignas a nuestro favor y aceptan nuestro dinero al comprar sus discos o acudir a ver sus películas, pero la mayoría de las veces se queda en eso, en puro interés comercial. Y me gustaría recalcar la palabra películas, porque en estas líneas no quiero sólo condenar la falta de compromiso real de nuestras cantantes, si no también el de la mayoría de nuestras actrices.
Y lo triste es que no siempre ha sido así. En pleno franquismo Lola Flores, Sara Montiel o Rocío Jurado se mostraron como auténticas aliadas tanto en público como en privado en una época en la que semejante atrevimiento les podía costar una noche en la temida Dirección General de Seguridad.
Sólo hay que tirar de hemeroteca (bendito YouTube) o escuchar los testimonios de personas como Juanito el Golosina. Y no sólo eso, si no que compartieron escenario con grandes figuras que hacían de la pluma su mayor estandarte, como el Titi o Pedrito Rico, sin que se les cayesen los anillos de brillantes.
Cincuenta años después, cuando, en apariencia, les sería mucho más fácil ayudarnos, comprendernos y defendernos, parece, sin embargo, que es cuando menos les importamos a todas esas artistas cuyas canciones encabezan nuestras playlists.
Y yo me pregunto ¿dónde están las Rosalías, las Aitanas y las Úrsulas cuando a sus fans LGTB+ les pegan, les insultan o les humillan?
No dudo que, en privado, nos apoyan, pero creo que la fama conlleva una responsabilidad política y social que debe mostrarse en público, más aún en el caso de aquellas que nos deben gran parte de su éxito. Y si no que aprendan de Ana Belén.
Y que nadie me malinterprete. Muchas de ellas me caen bien, muchas de ellas me parecen grandes artistas y muchas de ellas no faltan en la cabina del DJ cuando me subo a pinchar, pero eso no las exime de esta crítica, espero que constructiva. Porque, seamos sinceros, ellas nos necesitan, pero nosotrxs a ellas también.
Y no sólo subidas en una carroza arcoíris o rodeadas de bailarines semi desnudos, si no que necesitamos su discurso, su compromiso y su verdad. Si es que las tienen, evidentemente. Habrá que tener esperanza en que no todo es marketing.



