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Sevilla fue el primer latido de la gira más ambiciosa de Mónica Naranjo

Entre rojo, fuego y memoria, la cantante inauguró un recorrido que convierte lo extraordinario en celebración colectiva

El pasado 11 de octubre, Sevilla se convirtió en el gran telón de fondo para el inicio de la nueva gira de Mónica Naranjo, una celebración luminosa de más de tres décadas de carrera. La ciudad hispalense abrió el camino como primera parada de este viaje musical, un concierto que no solo repasó su historia, sino que dejó claro el peso y el brillo de su legado.

Más de 15.000 personas se congregaron junto al Estadio de La Cartuja para emprender un recorrido por los hitos de la artista, un trayecto que comienza en 1994, año en el que Mónica irrumpió en el panorama musical con su álbum debut. Sevilla supo ser el escenario cómplice que ella necesitaba, un arranque espléndido arropado por un público decidido a hacer vibrar hasta las aguas del Guadalquivir.

Agoney, sexto finalista de Operación Triunfo 2017, fue el encargado de encender el preludio de la noche. Su actuación estuvo a la altura del acontecimiento, avivando en los labios del público la promesa de lo que estaba por llegar. La conexión entre ambos nace en el propio talent show donde Mónica ejerció como jurado y él comenzaba a despuntar. No cabe duda, Agoney fue el telonero merecido para abrir una gira que lleva el nombre de Mónica Naranjo.

Condensar más de treinta años de carrera, siete álbumes de estudio, seis en directo y más de diez millones de discos vendidos, es casi una proeza. Pero Mónica supo regalar a cada etapa su lugar. Cada músico y cada voz sobre el escenario formaban parte de un engranaje milimétrico, una maquinaria afinada para dar vida a una discografía que roza lo mítico.

Sobre el escenario, Mónica no solo brillaba: irradiaba. Envuelta en una escenografía que respiraba elegancia y fuerza, compartía la luz con un cuerpo de bailarines espléndido, coreografías que no eran mero acompañamiento sino latido propio. Cada uno encontraba su momento, igual que los coristas, que gozaron de instantes de protagonismo que hablan de la generosidad artística de Mónica: esa rara virtud de saber repartir el foco sin que su presencia se diluya.

Todo se movía en una armonía casi coreográfica, los visuales, el ritmo, las entradas y salidas, y el vestuario reforzaba la narrativa: negro y rojo como estandartes, destellos que recordaban al fuego, plumas que parecían extender cada nota más allá del escenario.

La noche avanzaba como una pieza sin fisuras, cada número encajando con el siguiente con una precisión casi teatral. Y, cuando parecía que el espectáculo no podía sorprender más, Mónica regaló uno de los momentos más celebrados al invitar al escenario a Nebulossa para interpretar juntas “Venenosa”, su éxito compartido. Fue un estallido de complicidad y modernidad que refrescó aún más un repertorio ya de por sí vibrante.

Porque si algo define la discografía de Mónica es su capacidad para estremecer, beats poderosos que desde sus inicios rompieron moldes y abrieron oídos. Sin embargo, entre esa fuerza casi salvaje, también hubo espacio para el susurro, para el silencio medido, para el minimalismo que desnuda la voz y deja ver el alma del concierto.

Cuando la noche se acercaba a su fin, nadie parecía dispuesto a dejarla marchar. Había en el ambiente una mezcla de euforia y nostalgia anticipada, como si el tiempo se hubiera acortado a propósito. La propia Mónica dejaba entrever una leve tristeza por despedirse, consciente de que el público aún tenía el corazón en vilo. Agradeció a Sevilla el calor y el amor con el que la cobijó desde el primer acorde, y se despidió con una elegancia casi ceremoniosa.

El broche final llegó con “Las Campanas del Amor”, ese himno que atraviesa generaciones. Al sonar los primeros compases, el público respondió al unísono, gritando cada verso como si fuera un latido común. La ciudad entera pareció resonar con ella: Sevilla vibró, y con ella todo lo que la rodea.

En un momento en el que la música en directo parece haberse convertido en un privilegio y los grandes espectáculos en un lujo casi inalcanzable, lo que Mónica propone roza lo insólito. Su proyecto no solo es ambicioso: desafía la lógica de una industria que reduce, recorta y se conforma. Ella, en cambio, expande. Levanta conciertos que parecen imposibles, escenarios donde el arte vuelve a sentirse necesario y no accesorio.

Resulta casi inverosímil que una propuesta de semejante magnitud tome forma en tiempos tan frágiles, y quizá por eso mismo su valor se multiplica. Lo que anoche ocurrió en Sevilla no fue solo el inicio de una gira, fue un recordatorio de que todavía existen artistas capaces de convertir lo excepcional en presente, y de hacer del asombro un derecho compartido.

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