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Relatos LGTB+: ‘Harmonía’

Luis Maura nos trae un relato LGTB+ donde nos habla acerca de la soledad, el desamor y ese maldito “Mix Harmonía"

Siempre pensé que moriría arrollado por un tsunami en una playa indonesia. Rápido e indoloro. En un marco incomparable. De esto que te estás muriendo, pero sigues abriendo mucho los ojos para absorber el paisaje, para llevarte la última foto contigo. Palmeras. Aguas cristalinas. Tus pies en la orilla del mar. Un cóctel. La sonrisa del chico que te dio aquel masaje. Un amanecer.

Y, sin embargo, me estoy muriendo solo, entre las cuatro paredes con gotelé de un piso minúsculo en la periferia de Madrid, atragantándome con frutos secos. Hace un frío horrible y ha estado lloviendo toda la tarde. Y yo, encerrado, con los ojos rojos, de corregir exámenes. ¿En qué momento se me ha ocurrido comprar un producto llamado “Mix Harmonía”? ¿Cómo he podido ahogarme con esta mezcla de pasas, nueces pecanas y anacardos tostados? Pues porque soy un ansias. Porque me meto puñados en la boca, pensando que vivo con alguien y que, si me atraganto, esa persona va a venir corriendo a hacerme la maniobra de Heimlish. Pero vivo solo. Me asfixio y estoy solo. En un arrebato de valentía absurda, me lanzo contra la silla, intentando golpearme la boca del estómago y que la mezcla de pasas, nueces pecanas y anacardos tostados deje de obstruir de una vez mi conducto respiratorio, salga disparada por mi boca y todo quede en una ridícula anécdota. Pero no. La silla es giratoria y, cuando  me lanzo sobre ella, gira, esquivándome, haciéndome caer al suelo de manera patética. Hasta la silla me rehuye, como hizo el otro día Nicolás, ese chico de Tinder tan guapo, con el que había empezado a hacerme ilusiones. Y me siento fatal por pensar en Nicolás cuando estoy debatiéndome entre la vida y la muerte. Y me acuerdo de sus brazos, de su pecho, de sus labios. Y me siento absurdo por dedicarle unos segundos tan preciados, los últimos de mi vida, a un hombre que no quiere comprometerse, que cree que no soy suficiente para él y que hay algo mejor esperándole a la vuelta de la esquina. Maldito “Mix Harmonía” y maldito Nicolás. La cosa se está poniendo fea. No puedo respirar y, por más que me golpeo el pecho con el puño como un cristiano arrepentido, el anacardo que va a matarme se niega a abandonar mi cuerpo. Como tampoco lo quería abandonar Nicolás, que decía que estaba empezando a enamorarse de mí.

Ante la imposibilidad de escupir la mezcla, intento tragar, como me tragué sus palabras el día que cortó conmigo, cuando se puso a enumerar mis defectos y los de mi casa. Estas paredes cubiertas de gotelé y este colchón medio hundido, en el que Nicolás no lograba dormir por culpa de mis ronquidos, serán el decorado de mi última escena. No hay playas paradisiacas, no hay masajes, ni palmeras. Y el único cóctel que veo es el de estos frutos secos que me están quitando la vida. Desde el suelo, me aferro a la silla con violencia, para intentar ponerme en pie, pero sólo consigo volcarla sobre mí de forma estrepitosa. Entonces llega el milagro. La silla me golpea el pecho fuertemente, justo en medio de mi corazón roto. Y sale por mi boca el mazacote de pasas, nueces y anacardos, el “Mix Harmonía”, mezclado con saliva y recuerdos de Nicolás. Todo fuera de mi cuerpo, fuera de mi vida. Y, por fin, empiezo a respirar de nuevo, a oír las olas del mar a lo lejos, a ver el sol levantándose lentamente en el horizonte, llenándolo todo con la luz de un nuevo amanecer.

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