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Relatos LGTB+: ‘Azael’ de Luis Maura

Aquí te traemos uno de los relatos que incluímos en la revista número 11 de Togayther del pasado verano 2020

No sé por qué he venido. Creía que ya estaba todo dicho. Las segundas oportunidades nunca sirvieron para nada. Lo sé de buena tinta, por experiencia propia. No es la primera vez que vengo a esta parte del parque. No es la primera vez que me paro frente a esta fuente, ni que contemplo ensimismado esta estatua, con sus músculos retorcidos cincelados en bronce, su expresión de dolor y su grito mudo. Este ángel caído que aúlla, furioso tras haber sido expulsado del paraíso, soy yo mismo. Llevo meses rabioso, tragándome las lágrimas, golpeando el colchón en el que tantas veces has dormido tú, vil serpiente que ahora me arrastra de nuevo a la casilla de salida, al lugar en el que nos conocimos, exactamente a 666 metros sobre el nivel del mar.

Te veo llegar de lejos, con un abrigo negro casi hasta los pies, las botas también negras, al igual que tu pelo ensortijado, todo en sintonía con el color de tu corazón. Y el sol, de fondo, a punto de ponerse ya, llenándolo todo de un color anaranjado que me recuerda tanto al infierno que sé que nada bueno puede salir de tu boca. ¿Qué quieres? ¿Por qué me has traído aquí?

—Hola —dices. Y tu voz grave hace temblar mis piernas.
—Hola —apenas se me oye, cabizbajo.
—Estás bien.

—Sí —me apresuro a responder —. ¿Y tú?
—No era una pregunta. Decía que estás bien, que estás guapo.«¿Qué quieres?» «¿QUÉ QUIERES?». —Tú también.

Nos damos un aparatoso abrazo y aspiro tu perfume; lo instalo en mis fosas nasales con la idea de secuestrarlo para siempre. Es química esto que ocurre entre nosotros. Nos unen fuerzas magnéticas contra las que no podemos luchar. Tu cuerpo se adapta a mis huecos y el mío a los tuyos. Siento una incipiente erección y trato de ocultarla mientras nos damos un aparatoso abrazo y aspiro tu perfume; lo instalo en mis fosas nasales con la idea de secuestrarlo para siempre. Es química esto que ocurre entre nosotros. Nos unen fuerzas magnéticas contra las que no podemos luchar. Tu cuerpo se adapta a mis huecos y el mío a los tuyos. Siento una incipiente erección y trato de ocultarla mientras me

arrepiento fuertemente de haber venido, de haberme enamorado, de haberte conocido, de haber incluso nacido. Quiero gritar. Quiero correr cuesta abajo, tropezar, caerme, rodar, alejarme a toda velocidad de esta puerta al Inframundo que se abre bajo mis pies al leve contacto de tu piel. Tiene memoria, la piel. Más que tú y más que yo juntos. Tiene decisión, la piel. Ella sabe lo que debería ocurrir ahora. Ansía el beso, la caricia, el mordisco. Pero nada de eso sucede. Nos separamos a cámara lenta, de espaldas al ocaso. Te has quedado congelado, y yo sin ti.

Lucifer arde sobre nuestras cabezas, batiendo las alas con fuerza antes de que se las arranquen, sabiendo que es la última vez que podrá disfrutar de ellas. Los pájaros han enmudecido. Nadie patina a nuestro alrededor. El silencio se impone en este atardecer invernal. En tus ojos hay algo fuera de lo habitual.

—¿Qué quieres? —le digo, por fin. —Me voy.

Dos palabras. Y se acaba todo. Te vas. Ya no estás. Desapareces, igual que el sol.

Se va. Se va del país. No va a volver. Yo he venido hasta aquí maldiciendo su nombre con cada paso. Azael. Azael. Azael. Odiándole con toda mi alma por haberme abandonado. Por no quererme tanto como yo a él. Azael. Azael. Con la secreta esperanza de que este encuentro a los pies de un ángel caído, a 666 metros sobre el nivel del mar, en el mismo lugar en el que nos conocimos, fuera una excusa para volver juntos. Azael. Quería que me besase, que me abrazase y me pidiese perdón. Quería rechazarle con un orgullo amarillo chillón recién salido del hígado. Caliente y seco. Colérico. Pero solo para que él me gritase que me amaba. Que me amaba. Pero Azael se va. Y yo me quedo solo en este parque, de noche, sin poder ver las facciones de este ángel ya sin alas, único testigo de mi caída a los infiernos.

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