
Barba-Jacob (con o sin guion en la tradición editorial) fue el sobrenombre más perdurable, entre otros ya hoy olvidados, con el que firmaba Miguel Ángel Osorio Benítez (1883-1942). De rasgos poco agraciados, inspiró el cuento El hombre que parecía un caballo, del guatemalteco Arévalo Martínez.
Nómada infatigable por las venas siempre desangrándose de América Latina, fue y vino de acá para allá, de Centroamérica a Estados Unidos, pasando por las Antillas. Lo exiliaron en no pocas ocasiones. Censuró a los tiranos y elogió a los grandes próceres de cada patria, según le pagaran. Recorrió Guatemala, Costa Rica, Honduras, Jamaica, Perú o Cuba, donde conoció a García Lorca en su viaje a la isla, quien le birló a un joven marino escandinavo, si hay que dar crédito a lo que cuenta Cabrera Infante.
Otra versión de la misma leyenda refiere que fue Lorca quien, mientras Barba le buscaba compañía, se fue como alma que lleva el diablo, asustado por la nocturnidad y soledad del Malecón. El infausto conseguidor, para su desgracia, visto en tal trance, tuvo que gozar él solo de los ¡dos marineros! captados para la farra.

Habría que matizar su malditismo y marginación a la luz de la torrencial biografía –ya canónica– que le dedicara su compatriota Fernando Vallejo, otro apátrida colombiano hasta el tuétano. Aquel estudio detalla que frecuentó y fue aceptado en los círculos burgueses e intelectuales de la época, a pesar de su natural inclinación al lumpen y los bajos fondos.
Se le toleraba su jactancia erótica y un sinfín de excesos en una época no tan mojigata como pudiéramos creer a priori: desde cultivar maría en su jardín («mariguano soy» proclama en uno de sus más célebres versos; diariamente solía fumar dieciséis cigarros de maría y beber un litro de coñac) a recibir en audiencia, en su hotel, a todo un ministro, el escritor Vasconcelos, con un chamacón completamente desnudo entre las sábanas deshechas y calientes («niño, no te vistas» le debió espetar, ante la natural tentativa de taparse del muchacho).
Le dieron puestos de trabajo que solo ocupó para cobrar el sueldo y, cuando tuvo oportunidad por sus cargos de responsabilidad, creó nuevos empleos para colocar a sus amantes, que eran legión. Heróicamente, nunca trabajó de veras.
Su lírica, de corte modernista y posmodernista, encuentra hallazgos perdurables en un racimo de poemas que, tras su muerte por tuberculosis en la pobreza extrema, aún hoy merece nuestra lectura, aunque lo que realmente nos siga fascinando sea su vida trashumante de gozoso perdedor impenitente.
Elegía platónica
Amo a un joven de insólita pureza,
todo de lumbre cándida investido:
la vida en él un nuevo dios empieza,
y ella en él cobra número y sentido.
Él, en su cotidiano movimiento
por ámbitos de bruma y gnomo y hada,
circunscribe las flámulas del viento
y el oro ufano en la espiga enarcada.
Ora fulgen los lagos por la estría…
Él es paz en el alba nemorosa.
Es canción en lo cóncavo del día.
Es lucero en el agua tenebrosa…


