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Plumas, plumillas y plumones: Joe Orton. Urinarios, West End y un martillo

Amoral, bromista, enemigo del orden y defensor del caos, el dramaturgo británico exploró en su obra todo tipo de perversiones y tabúes, desde la necrofilia al fetiche. Con su radiografía de las miserias de las clases populares revolucionó el panorama teatral de la década de 1960

La mañana del 9 de agosto de 1967 Joe Orton dormía plácidamente. Pero no sería aquella otra mañana cualquiera.  Siete golpes mortales en el cráneo le impidieron despertar. Quien atizó el martillo fue su novio, Kenneth Halliwell. Llevaban juntos dieciséis años, tiempo suficiente para verificar el escaso éxito del también aspirante a escritor y la prometedora carrera en ciernes del joven dramaturgo. Joe tenía treinta y cuatro años; Kenneth, cuarenta y uno y llevaba muy mal el fracaso y envejecer. Un vaso de mosto acompañó el trago de las veinte pastillas de Nembutal que provocarían su muerte. Ambos cadáveres, víctima y verdugo, fueron incinerados y sus cenizas mezcladas en una delirante ceremonia funeral, cumpliendo así el deseo manifestado por los dos.

Oriundo de Leicester, de humilde familia trabajadora, Orton abandonó la escuela a los dieciséis años y se marchó a Londres a estudiar teatro en la Real Escuela de Arte Dramático. Allí el destino hizo que conociera a Halliwell, también estudiante. Pronto se mudaron a un apartamento, convirtiéndose en amantes.

Tan irreverentes como gamberros, por aquel entonces se burlaban de todo y de todos. Con ese propósito sustrajeron infinidad de libros de la biblioteca para devolverlos con las cubiertas modificadas; las sobrias tipografías originales fueron sustituidas por collages con impactantes imágenes. Aquello les acarreó una condena de seis meses de cárcel en prisiones separadas y el pago de una multa. Hoy en día, irónicamente, esos más de setenta ejemplares se han convertido en el fondo más valioso de la biblioteca de Islington, el barrio donde vivían.

Joe OrtonCon treinta y un años Orton debutó con una pieza breve, El rufián en la escalera, a la que siguieron otros títulos dramáticos de mayor alcance que acabarían en el West End, como Entreteniendo al señor Sloane y El botín. En su corta carrera –apenas siete títulos– destacan sus Diarios, de publicación póstuma, que muestran la trivialidad del día a día durante los últimos meses de su vida y trazan un mapa de sus escarceos eróticos con todo lujo de detalles: urinarios, orgías, drogas, turismo sexual… Todo ello cuando aún era ilegal la homosexualidad en Reino Unido. En la nota de suicidio, Halliwell dejó escrito: «Todo se aclarará cuando lean el diario. Sobre todo la última parte».

El director britanico Stephen Frears filmó su biopic en Ábrete de orejas (1987), basada en su documentada biografía. Aún hoy las atrevidas páginas de sus Diarios siguen fascinándonos por su desenfadado retrato de aquel Londres sesentero.

Martes, 9 de mayo de 1967

Lo llevé a la cama. Le besé. Era tímido y no abría la boca. Se excitó mucho cuando le quité la ropa. Yo también me desnudé y nos echamos, acariciándonos unos diez minutos. Tenía un cuerpo fuerte y tosco, el pene grande, aunque no tanto que dejara chico o diera envidia al mío. Le di la vuelta. No me dejó entrarle, así que se la puse entre las nalgas y lo hice así, resultaba muy excitante. Se había humedecido con saliva el culo.

Me corrí, dejando un manchón en la colcha de Bill Fox; busqué una toalla. Luego nos besamos un poco más, la nuca, las mejillas, los ojos; él seguía sin abrir la boca (extraño, sin duda, en un muchacho árabe).

Joe Orton, Diarios. (Barcelona, Cabaret Voltaire, 2010).

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