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Medio kilo de soledad, por favor

Rescatamos este microrrelato de Francisco Javier Olivas, autor de la novela "El tercer lobo", que es imprescindible

Esta tarde me zampé medio kilo de soledad, del tirón y sin masticar. Conseguirlo me llevó varias horas y, claro, como no podría ser de otra manera, ahora me duele el estómago. No debí engullirla con el ansia de quien no ha comido en varios días, refugiándome además en el estúpido pensamiento de creerla capaz de saciarme, pero ahora no hay marcha atrás; me toca aguantar y esperar a que el desconsuelo que me araña desaparezca.

Empecé con cien gramos de Tinder, tenía buen apetito e incluso un poco de esperanza, así que me tragué docena y media de parejas recomendadas que bañé en silencio antes de llevármelas a la boca. Insípidas, pensé tras dejar el plato vacío.

A continuación, viendo que la tarde se me escapaba entre los dedos y que seguía con hambre, saqué cuarto y mitad de Grindr y noté pronto el calor en la boca, también en otras partes de mi cuerpo. La cuestión es que algo iba mal, porque después de dos horas relamiéndome seguía famélico.

Bueno, voy a por la tarrina de Wapo y así me quedo satisfecho, me dije. Me hice con la cuchara más grande de la cocina y me metí en la boca generosas porciones buscando cierta calma, sin embargo, por algo que no termino de comprender, la impresión de estar muerto de hambre no desaparecía.

Esto va a significar que necesito un buen lingotazo de Instagram. Venga, solo un par de corazones más, me prometí. Al final fueron más de treinta chupitos de etiquetas y la garganta se me quedó más reseca que nunca. Pues bien, el menú, a pesar de no ser escaso, me dejó dolor de ojos, dolor de alma, ¿qué podía llevarme al paladar para que me quedara buen sabor de boca?

Todavía me quedaba una opción: trescientos gramos de PlanetRomeo aderezados con hastío. ¡Qué manera de repetirse el hastío al terminarme la ración! Y lo peor de todo, la dichosa sensación de hambre no desaparecía.

Opté por bajar a la tienda que tengo al lado de casa, que siempre está abierta, y el dependiente me preguntó que qué se me antojaba. Otro medio kilo de soledad, por favor, le respondí.

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