Igualdad

Vivir una realidad que no nos corresponde

No es nada fácil ser nosotrxs mismxs, incluso en entornos que se declaran inclusivos y abiertos hacia la comunidad LGTB+

Estos entornos no son únicamente países con legislación favorable a nuestro colectivo, sino también a sus sociedades y a sus culturas. Aunque también hablamos de algo más mundano, como son los centros educativos, los puestos de trabajo e, incluso, la familia. Digamos que si estos entornos en los que nos movemos en nuestro día a día son respetuosos con la comunidad LGTB+, será menos difícil mostrarnos abiertamente como somos pero, por desgracia, sigue siendo difícil.

Al margen de lo que la clase política en todo el mundo se haya dedicado a hacer fomentando odio y aversión hacia nosotrxs, en nuestros pequeños círculos también nos hemos encontrado con ese constante cuestionamiento de nuestras identidades. Y ese cuestionamiento ya lo vivimos desde que somos pequeñxs. Desde entonces nos sentimos obligadxs a adaptarnos a un mundo que no nos acepta tal y como somos. Si nos salimos de la norma lo más mínimo, ya se nos empezará a juzgar y se nos tratará de “recolocar en nuestro sitio”.

Cuando somos niñxs, no somos conscientes de si nuestra manera de comportarnos o de expresarnos es más o menos fiel a la cisheteronorma, pero nuestros mayores ya nos lo echan en cara desde entonces. Desde el clásico “los niños no lloran” o “las niñas juegan con muñecas” hasta algunos de los insultos más recurrentes de nuestro idioma, como son “maricón”, “bollera”, “marimacho”, “travelo”, para dirigirse a todo aquel que rompa los moldes de la cisheteronorma y que ningún niño debería escuchar. Por no hablar de que estos insultos vienen de sus propios progenitores.

Los primeros contactos que solemos tener con la LGTBfobia social son en el colegio/instituto. Son muy pocas las personas LGTB+ que no han escuchado un insulto relacionado con su orientación sexual o identidad de género en el centro educativo al que van. En esos momentos es cuando empieza la autorrepresión de nuestra verdadera forma de ser por miedo a represalias que alcancen la violencia, ya sea física o psicológica. Además, los adolescentes del colectivo son doblemente vulnerables, ya que además del estigma que sigue existiendo hacia las personas LGTB+, la adolescencia es una época de muchos cambios físicos, psicológicos y hormonales.

Se trata de un caldo de cultivo de problemas de ansiedad y depresión que pueden llegar más tarde o más temprano y pueden darse casos extremos. No podemos olvidarnos de adolescentes que se han suicidado en estos últimos años a causa de no poder soportar el acoso que recibían por ser personas trans (el grupo más invisibilizado de todo el colectivo LGTB+).

En los puestos de trabajo tampoco es más fácil ser nosotrxs mismxs. Justo todo lo contrario. Partimos de la base de que, en España, las personas trans tienen una tasa de paro superior al 85%, y que las personas menos normativas son rechazadas en muchos puestos de trabajo por su forma de hablar o de vestir. Por otro lado, las personas que sí consiguen un puesto de trabajo en un sector que no es precisamente LGTBfiendly se ven forzadas de antemano a ocultar su identidad por miedo a ser despedidas o a sufrir acoso por parte de compañeros de trabajo o su jefe. Un caso distinto se daría en empresas abiertamente LGTBfiendly, en las cuales, nuestra identidad no es motivo de rechazo y, por lo cual, nos resulta más sencillo mostrarnos abiertamente como somos.

El entorno familiar es otro de esos espacios en los que podemos acabar sufriendo el rechazo, incluso de los más allegados y con quienes compartimos casa. En el mundo hay infinidad de padres y madres que rechazan a sus propios hijos por no ser normativos, y ese rechazo puede acabar con que los propios padres maten a su hijx por ser LGTB+. Aunque esto no ocurra en nuestro país, la cantidad de personas del colectivo que no se sienten segurxs en sus propias casas ha aumentado de forma alarmante en los últimos años.

Pese a esto, no afecta con la misma intensidad para todxs el tener que esconder nuestra identidad, lo cierto es que a todxs nos acaba pasando factura: Esconder nuestra identidad sexual y de género conlleva a una serie de riesgos para nuestra salud mental. El estar viviendo durante mucho tiempo de una forma que no se corresponde con cómo somos verdaderamente, nos puede llevar a sustituir nuestra forma de ser por otra impostada de forma inconsciente, de modo que dejamos de vivir nuestra identidad y nos sumimos en un pozo de depresión del que es muy difícil salir, simplemente por estar viviendo una vida que no nos corresponde, y ya no sabemos cómo revertir esa situación.

De hecho, es muy común encontrarse a personas LGTB+ con depresión, ansiedad y que incluso se hayan planteado el suicidio. No podemos vivir una realidad que no nos pertenece solo por contentar a los demás. Eso es una forma de esclavizarnos y renunciar a nuestra libertad, la cual no nos beneficia en absoluto, sino todo lo contrario. Es necesario revertir el odio que la sociedad ha perpetuado para que no tengamos que volver a escondernos e impostar una identidad falsa, y poder así ser quienes somos abiertamente sin miedo a que nadie nos rechace por nuestra condición de personas LGTB+.

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