
España lleva años siendo presentada como uno de los países más avanzados de Europa en derechos LGTBI. Matrimonio igualitario, leyes autonómicas de protección, avances en visibilidad trans y una presencia cada vez más normalizada del colectivo en la vida pública parecían consolidar una dirección clara. Pero un nuevo estudio acaba de poner sobre la mesa una realidad más incómoda: una parte importante de la sociedad siente que se ha ido “demasiado lejos”.
Según el informe H/Orizontes, presentado por la consultora H/Advisors, un 26,3 % de la población española considera que los derechos y la visibilidad del colectivo LGTBI han ido demasiado lejos. Frente a ello, un 34,3 % cree que se está en un punto adecuado y un 30,8 % opina que todavía queda margen de avance.
Es decir: uno de cada cuatro españoles percibe los avances en igualdad no como una conquista social, sino como un exceso.
La cifra aparece además dentro de una tendencia más amplia. El estudio también señala que un 31,2 % piensa lo mismo sobre el feminismo y un 30,9 % sobre la presencia y aceptación de la población migrante. La conclusión que plantean los autores es clara: existe una reacción frente a valores en los que tradicionalmente España se situaba en la vanguardia, como el feminismo o los derechos LGTBI.
Pero el dato más interesante no está solo en el porcentaje, sino en quiénes lo sostienen.
Según el informe, quienes consideran que se ha ido demasiado lejos responden a perfiles bastante definidos: destacan los hombres, especialmente los más jóvenes de la generación Z y millennial, personas en situaciones económicas más vulnerables y quienes simpatizan con partidos de derechas, especialmente Vox.
Es un patrón que no sorprende del todo. En los últimos años, buena parte del discurso de la ultraderecha ha encontrado fuerza precisamente en presentar los derechos LGTBI como privilegios, la diversidad como imposición y la visibilidad como propaganda. No se cuestiona tanto la existencia del colectivo como su presencia pública.
Es decir: no molesta que existas, molesta que se note.
Y ahí aparece una de las grandes trampas del debate actual. Muchas veces no se discuten derechos concretos, sino símbolos. Una bandera arcoíris en un edificio público. Una campaña institucional contra la homofobia. Un personaje queer en prime time. Un beso entre dos hombres en televisión. La incomodidad no está en la ley, sino en la visibilidad.
El propio estudio refleja otra contradicción importante: mientras un 72,3 % cree que se habla demasiado de temas de identidad y poco de problemas económicos reales, al mismo tiempo un 68 % considera que el clima social se ha vuelto más hostil hacia determinadas minorías
Ambas cosas conviven. Se dice que se habla demasiado del colectivo, pero también se reconoce que hay más hostilidad hacia él. Como si la solución propuesta fuera volver a invisibilizar para evitar el conflicto.
Pero la historia ya ha demostrado que el silencio nunca fue protección.
Desde Togayther lo vemos constantemente: cuando aumentan los discursos que presentan la igualdad como una amenaza, también aumentan las agresiones, el miedo y la autocensura. La homofobia rara vez empieza con un golpe; suele empezar con la idea de que ya “se ha dado demasiado”.
Por eso este dato no debe leerse como una simple encuesta de opinión. Es un termómetro social. Y también una advertencia.
Porque los derechos LGTBI no son una moda ni una concesión cultural: son derechos humanos. Y cuando una parte de la sociedad empieza a percibirlos como un exceso, no estamos hablando de opinión, sino de retroceso.



