
La realidad LGTBIQ+ en Gaza suele ser reducida a un cliché propagandístico que compara un Israel “moderno” con una Palestina “atrasada”. Pero la disidencia en Palestina no muere de odio comunitario, sino de hambre, exilio forzado y drones israelíes. Los testimonios recogidos en Queering the Map muestran la memoria viva de quienes aman y resisten bajo las bombas, recordándonos que los derechos LGTBIQ+ no pueden usarse como excusa para justificar un genocidio.
El genocidio en Gaza no solo se libra con bombas y asedios, sino también con discursos que manipulan, reducen y distorsionan la vida de las personas. Uno de los blancos más recurrentes en esa manipulación son las personas LGTBIQ+ palestinas, convertidas en una excusa propagandística que sirve a intereses políticos dentro y fuera de Oriente Medio.
En España lo vimos con las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, que utilizó a la comunidad homosexual como argumento para defender a Israel, asegurando que en Palestina no podrían caminar sin sufrir agresiones. Con un gesto, Ayuso redujo toda una realidad compleja y dolorosa a un estereotipo vacío, mientras silenciaba lo que realmente ocurre: que en Gaza, ser LGTBIQ+ significa enfrentarse no solo al estigma social, sino a un genocidio que arrasa vidas sin distinción de orientación ni identidad.
Vidas queer bajo asedio
La vida cotidiana en Gaza es ya insostenible para toda la población: falta de alimentos, hospitales colapsados, barrios arrasados, escuelas destruidas. Pero quienes forman parte de la disidencia sexual y de género cargan con un peso doble: sobreviven a la violencia de la ocupación y a la invisibilidad política, mientras son instrumentalizados por narrativas externas que los usan como peones en un tablero geopolítico.
Los testimonios recogidos en Queering the Map lo reflejan con crudeza. En Beit Hanun, al noreste de la Franja, un joven palestino escribió:
“No sé cuánto tiempo viviré, así que solo quiero que este sea mi recuerdo antes de morir. No voy a dejar mi casa, pase lo que pase. Mi mayor arrepentimiento es no haber besado a ese chico. Murió hace dos días en el bombardeo. Creo que una gran parte de mí también murió. Y pronto moriré. A ti, te besaré en el cielo.”
Ese mensaje, breve y devastador, no habla de homofobia, sino de muerte, de amor interrumpido por una bomba. Nos recuerda que, en Gaza, las personas queer no son asesinadas por su orientación, sino por drones israelíes que convierten sus recuerdos en cenizas.
Otro testimonio recogido en la plataforma dice:
“Un hombre gay palestino en Gaza es odiado por la gente por ser gay y odiado por los israelíes por ser palestino. Estoy tan perdido y solo. Siempre sentí que tendría que renunciar a partes de mi identidad para existir y que nunca sería aceptado por nadie. Pero me he dado cuenta de que tengo que mantenerme fuerte no solo como persona gay, sino como palestino gay. ¡Palestina libre, derechos LGTBQI+ para todos en todas partes! ¡Sean fuertes, no se rindan!”


Es la voz de una identidad rota y, al mismo tiempo, una afirmación política. En medio del genocidio, quienes pertenecen a la disidencia sexual en Gaza luchan por existir en toda su complejidad: palestinos y queer, doblemente atravesados por el estigma, doblemente resistentes.
El dolor LGTBIQ+ palestino no es escuchado como testimonio, sino manipulado como argumento. Se utiliza para legitimar un régimen que practica el apartheid y el genocidio, mientras se borran las voces reales de quienes viven y aman bajo las bombas.
Un dolor deshumanizado
Esta instrumentalización es una forma de violencia en sí misma: silencia, distorsiona y convierte en excusa lo que en realidad debería ser un grito de dignidad. Las vidas queer palestinas no necesitan ser usadas como ejemplo por ningún gobierno extranjero. Necesitan ser respetadas, amplificadas y protegidas.
A pesar de todo, las voces que emergen desde Gaza muestran una fuerza radical. Hablan de besos que nunca llegaron , de identidades que no quieren renunciar a ninguna de sus partes, de amor y de rabia en medio del asedio. Son recordatorios de que la disidencia no desaparece ni bajo las bombas: resiste, grita, escribe, se inscribe en la memoria colectiva.
Mirando a la comunidad internacional tiene la obligación de escuchar estas voces, no de utilizarlas como arma propagandística. No hay derechos LGTBIQ+ reales en un contexto de ocupación y genocidio. No puede haber orgullo sobre cadáveres. No puede haber libertad sexual sin justicia social, sin descolonización, sin fin de la barbarie.
La lucha LGTBIQ+ es una lucha por la vida en todas partes. En Gaza, esas vidas no se apagan por odio comunitario, sino por bombas, hambre y exilio forzado. Reducirlas a un cliché es negar su dignidad. Por eso, al escuchar los testimonios de plataformas como Queering the Map, debemos entenderlos como un archivo vivo de resistencia. Como un recordatorio de que la memoria queer palestina forma parte inseparable de la memoria de la humanidad.
El asedio busca borrar, y la propaganda busca distorsionar. Pero mientras haya voces que escriban desde Gaza, aunque sea para dejar como legado el recuerdo de un amor interrumpido, habrá resistencia. Y con ella, la certeza de que la libertad LGTBIQ+ solo será posible en una Palestina libre



