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Benita, la valiente transición hacia su verdadera identidad

A sus más de 60 años, Benita inspira con su transición: vivir como mujer trans, libre y feliz, es posible a cualquier edad.

Benita ha decidido contar su historia con nombre propio y desde la sinceridad; lo ha hecho ante cámaras, entre aplausos, lágrimas y alguna broma, pero sobre todo con la tranquilidad de quien por fin vive en coherencia consigo misma. Fue en mayo de 2024 cuando, en un programa de televisión, anunció que iba a iniciar un proceso que llevaba tiempo meditando y que desde entonces ha ido haciendo visible paso a paso: “Me llamaré Benita, como mi madre”, dijo entre sollozos, y ese nombre se convirtió en la piedra angular de una nueva vida.

El camino no ha sido sólo simbólico. Benita ha relatado en varias entrevistas y apariciones televisivas cómo ha sido la transición en la práctica: hormonación, operaciones y cambios en su cotidianidad que la han llevado a afirmar públicamente que ha completado su proceso de afirmación de género. “He estado en Barcelona. Se me vio sola y en silla de ruedas porque venía de hacerme la operación de vagina”, declaró con una mezcla de alivio y humor al dar la noticia de que esa intervención ya formaba parte de su pasado reciente. “Me la he operado, estoy ya toda tuneada, toda terminada”, bromeó, mostrando la ligereza con la que también sabe enfrentarse a la exposición mediática.

A lo largo de estas apariciones, Benita ha repetido algo esencial: su identidad no requiere permisos ni dictámenes ajenos. “Nadie me tiene que autorizar a ser lo que soy”, dijo en un programa de RTVE, reivindicando una autonomía que para muchas personas trans, y muy especialmente para quienes inician su transición en la madurez, es un acto tanto personal como político. Sus palabras vienen acompañadas de gestos: solicitar que se la llame por su nombre elegido en platós y en la vida pública, recibir el apoyo visible de compañeras y compañeros de programa, y empezar a ser referida por los medios y por parte del público como la persona que siempre estuvo ahí, ahora con la forma que la hace sentirse completa.

Esa visibilidad no ha sido sólo un trámite; ha abierto conversaciones. En programas como Bake Off: famosos al horno o en entrevistas más largas, Benita ha explicado que su transición ha sido una senda sin muchos referentes cercanos: “Estoy haciendo una transición en la que no tengo referentes. Mi referente estoy siendo yo”, confesó, una frase que revela tanto la soledad que pueden sentir las personas trans mayores como la fuerza de la autodeterminación cuando esa soledad se convierte en motor. Con más de sesenta años, su recorrido rompe el estereotipo de que las transiciones son cosa de la juventud y recuerda que el deseo de ser uno mismo no caduca.

Además de testimonios y titulares, Benita ha aceptado dar más contexto a su vida a través de un proyecto televisivo con RTVE: un docu-reality que, según avanzó la cadena, pretende narrar su historia con calma, mostrar los matices de su infancia y su madurez, y dar voz a una experiencia que rara vez se ve en pantalla: la transición en la edad adulta. Ese paso hacia un formato largo responde a una demanda social: si la representación importa, la de Benita lo hace por partida doble: visibiliza a una persona trans y visibiliza a una persona mayor que decide reinventarse públicamente.

Hablar de Benita también es hablar de estrategias de supervivencia y de creación de espacio. Durante años desempeñó una vida pública muy mediática, con un personaje que, aunque reconocible, había servido también de caja de resonancia para explorar la feminidad y para ganar visibilidad en un medio que a menudo exige teatralidad. Hoy ella prefiere que esa etapa se recuerde con respeto, pero sin eclipsar lo esencial: la persona que ha existido siempre y que ahora vive con su nombre. Su discurso insiste en la gratitud hacia quienes la han acompañado, su pareja, su mánager, algunas amistades del medio, y en la honestidad con la que quiere contar su día a día, sin sensacionalismos.

La repercusión mediática no ha sido sólo ruido: ha servido para que muchas personas se planteen la idea de que la transición es posible a cualquier edad y que es legítimo buscar la felicidad plena sin excusas. Para colectivos LGTBI y para activistas, la historia de Benita es un recordatorio práctico de por qué la atención sanitaria trans, el acompañamiento psicológico y la visibilidad intergeneracional son urgencias reales. Ella misma ha señalado la ausencia de referentes y de apoyos institucionales en determinados momentos, un aspecto que su relato pone en primer plano y que invita a la reflexión colectiva.

Hoy Benita camina, habla y se ríe como quien se siente en casa en su propia piel. Sus declaraciones públicas, las que han roto el silencio y las que ha preferido reservar para su círculo, han servido para construir una narrativa que es, sobre todo, humana: un viaje de aceptación, decisiones médicas, apoyo afectivo y la convivencia con la mirada pública. Si algo queda claro al escucharla es que la libertad de nombrarse, de elegir un homenaje a una madre en el propio nombre, y de completar un proceso vital no es una frivolidad: es la oportunidad de redibujar una vida con dignidad. Para muchas personas que la siguen, Benita ya es ese espejo en el que se refleja la posibilidad de empezar de nuevo, con años y memoria, pero con el mismo derecho a la felicidad que cualquier otra persona.

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