
Durante décadas, el cruising ha sido una de las prácticas más comentadas, malinterpretadas y debatidas dentro del colectivo gay. Aunque hoy en día existen aplicaciones, locales y espacios abiertamente LGTBIQ+, el cruising sigue presente en la cultura gay como una forma particular de encuentro, deseo y anonimato que hunde sus raíces en la historia del colectivo.
El término cruising hace referencia a la búsqueda de encuentros sexuales anónimos en espacios públicos o semi-públicos, a través de miradas, gestos y códigos no verbales. No se trata tanto de palabras como de intuición, de reconocer una señal y responder a ella. Aunque puede darse en distintos contextos y orientaciones, su desarrollo está profundamente ligado a los hombres gays y bisexuales, especialmente en épocas en las que la homosexualidad no podía vivirse de forma abierta.
Durante muchos años, cuando no existían bares, discotecas o entornos seguros para el colectivo, el cruising fue una vía de escape y de supervivencia. Parques, playas apartadas, zonas poco transitadas o espacios nocturnos se convirtieron en lugares donde los hombres podían encontrarse sin exponerse públicamente. Más allá del sexo, el cruising funcionó como un sistema de reconocimiento mutuo y como una forma silenciosa de resistencia frente a la invisibilidad y la represión.
Con el paso del tiempo y los avances sociales, la práctica no ha desaparecido, pero sí ha cambiado.
Hoy convive con un contexto muy distinto, donde las apps de ligue ofrecen inmediatez, filtros y geolocalización. Aun así, muchas de las dinámicas siguen siendo similares: el anonimato, la falta de expectativas, el encuentro breve y la ausencia de etiquetas. Para algunas personas, el cruising sigue representando libertad sexual y una experiencia ligada al morbo y la adrenalina; para otras, plantea cuestiones relacionadas con la seguridad, el consentimiento o el uso compartido del espacio público.
Dentro del propio colectivo gay, el cruising genera opiniones diversas.
Hay quienes lo viven como una práctica natural y parte de la historia común, y quienes lo cuestionan desde una mirada más crítica o contemporánea. En cualquier caso, entender qué es el cruising implica entender también de dónde venimos y cómo se han construido, a lo largo del tiempo, distintas formas de vivir el deseo.
Hablar de cruising no es glorificar ni demonizar una práctica, sino situarla en su contexto cultural y social. Forma parte del vocabulario, de la memoria y de las contradicciones del colectivo gay, y sigue apareciendo en conversaciones, artículos y búsquedas porque, de una forma u otra, continúa existiendo.


