
“A los hombres les cuesta más abandonar su virilidad frente a la cámara. Tienen más miedo al ridículo que las mujeres, y el ridículo es esencial para la comedia y para la verdad”. Con sentencias como esta, resulta sencillo comprender por qué Pedro Almodóvar ha construido un cine de actrices, rodeado siempre de sus icónicas y carismáticas «Chicas Almodóvar».
Pero no todo han sido faldas y tacones lejanos. El universo del manchego más universal —con permiso de nuestra eterna Sara Montiel— también ha sido esculpido por una estirpe de hombres que han intentado entender su lenguaje. Desde el deseo animal de Antonio Banderas o la rebeldía de Imanol Arias, hasta esa ternura infinita de Javier Cámara. Un Olimpo masculino donde conviven la solidez de Lluís Homar y Darío Grandinetti con ese magnetismo turbio, peligroso y fascinante de Eusebio Poncela.
Hoy rompo una lanza por los Chicos Almodóvar y pongo el foco en esos rostros que, en la última década, se han sumado al imaginario del director. Quizás duden o sufran, no lo sabemos, pero lo que es innegable es que han devuelto ese pulso sexy y provocador que ya nos hizo vibrar en los 80 con cintas como La ley del deseo.
En 2016, Almodóvar nos regaló en Julieta a un Daniel Grao que encarnaba al marinero Xoan. De él, Pedro destacaba una belleza clásica y noble, casi como un héroe de tragedia griega trasplantado a las costas gallegas. Una masculinidad sólida que servía de ancla en un drama puramente femenino.

Pero si hablamos de impacto, tenemos que viajar a la cueva de Dolor y Gloria (2019). Allí descubrimos a César Vicente dando vida a Eduardo, el albañil analfabeto que despierta el deseo de un Salvador Mallo niño. César nos regaló un desnudo frontal que no veíamos con tanta crudeza y naturalidad desde los tiempos de Liberto Rabal en Carne Trémula. Ese baño en el barreño no solo le dio fiebres al pequeño protagonista; nos las dio a todos. Almodóvar vio en él una «belleza rústica e inocencia natural», la combinación perfecta para el primer despertar sexual.
Cuando creíamos haberlo visto todo, Pedro nos sorprendió con Extraña forma de vida (2023). Un western romántico donde Pedro Pascal y Ethan Hawke viven una noche de pasión como la de Chelo y Bárbara.. Para retratar la juventud de estos personajes, el director se fijó en José Condessa y Jason Fernández.
Juntos representan la libertad y el deseo desenfrenado; de Condessa, Pedro buscaba esa insolencia y magnetismo sexual casi animal, mientras que de Fernández destacó una fotogenia que evoca el glamour del Hollywood más clásico.


Mientras asimilamos que Julianne Moore ya era una «Chica Almodóvar» oficial en La habitación de al lado (2024), descubrimos a Alvise Rigo. El exjugador de rugby y modelo italiano interpreta a Jonah, el entrenador personal de Tilda Swinton. Su presencia refuerza esa estética de belleza física imponente que Pedro suele integrar incluso en sus relatos más existencialistas, siguiendo la estela de rostros marcados y naturales.

La última gran incorporación a este club selecto es Patrick Criado, quien forma parte de Amarga Navidad (2026), la película número 24 del cineasta. Patrick, que ya nos robó el corazón como «La Vespa» en Las noches de Tefía —poniendo piel a la memoria de los homosexuales represaliados en Fuerteventura—, llega al universo almodovariano con una masculinidad expresiva y una mirada capaz de sostener el plano sin necesidad de palabras.

Parece que, después de todo, Pedro ha encontrado en esta nueva generación de actores esa vulnerabilidad que tanto ansiaba retratar. Larga vida a los chicos de Pedro.


